Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Disparad contra las ventanas! —gritó Clopin.
Las ventanas se cerraron en el acto y los pobres burgueses, que apenas habÃan tenido tiempo de echar un vistazo asustado a aquella escena de luces y tumulto, volvieron al interior a sudar de miedo junto a sus mujeres, preguntándose si el aquelarre se celebraba ahora en el Atrio de Notre-Dame, o si se trataba de un ataque de los borgoñones, como en 1464. Entonces, los maridos pensaban en los robos, las mujeres en las violaciones, y todos temblaban.
—¡A saco! —repetÃan los argoteros.
Pero no se atrevÃan a acercarse. Miraban la iglesia y miraban el madero. El madero no se movÃa. El edificio conservaba su aspecto tranquilo y desierto, pero algo helaba a los truhanes.
—¡Testarrones, manos a la obra! —gritó Trouillefou—. ¡Forzad la puerta!
Nadie dio un paso.
—¡Barba y vientre! —dijo Clopin—. ¿Cómo es posible que unos hombres tengan miedo de una viga?
Un viejo testarrón le dirigió la palabra:
—Capitán, no es la viga lo que nos preocupa, es la puerta, que está totalmente forrada con barras de hierro. Las tenazas no sirven de nada.
—¿Qué necesitarÃais, entonces, para derribarla? —preguntó Clopin.