Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ah! NecesitarÃamos un ariete.
El rey de Thunes se acercó valientemente al formidable madero y puso un pie encima.
—Aquà tenéis uno —dijo—. Os lo han enviado los canónigos. —Y, dirigiendo un saludo burlón hacia la iglesia, añadió—: ¡Gracias, canónigos!
Esta baladronada produjo un efecto positivo, ya que rompió el hechizo del madero. Los truhanes recuperaron el valor, y muy pronto la pesada viga, levantada como una pluma por doscientos brazos vigorosos, cargó con furia contra la gran puerta que ya habÃan intentado forzar. Viéndolo asÃ, a la semiclaridad que las escasas antorchas de los truhanes esparcÃan por la plaza, aquel largo madero sostenido por aquella multitud de hombres que lo precipitaban corriendo contra la iglesia parecÃa un monstruoso animal de mil patas atacando con la cabeza bajada al gigante de piedra.
Al chocar la viga, la puerta semimetálica sonó como un inmenso tambor; no se rompió lo más mÃnimo, pero la catedral entera se estremeció y se oyeron rugir las profundas cavidades del edificio.
En el mismo instante, una lluvia de grandes piedras empezó a caer desde lo alto de la fachada sobre los asaltantes.
—¡Demonios! —exclamó Jehan—. ¿Acaso las torres nos arrojan sus balaustradas a la cabeza?