Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Pero el empujón estaba dado, y el rey de Thunes predicaba con el ejemplo. Decididamente, el obispo se defendía, lo cual fue un acicate para cargar contra la puerta con más rabia, pese a las piedras que partían cráneos a diestro y siniestro.
Lo curioso es que esas piedras caían de una en una, aunque muy seguidas. Los argoteros notaban siempre dos a la vez, una en las piernas y otra en la cabeza. Quedaban pocos sin recibir algún golpe, y una extensa capa de muertos y heridos sangraba y palpitaba bajo los pies de los asaltantes, quienes, furiosos ahora, se renovaban sin tregua. La larga viga continuaba golpeando la puerta a intervalos regulares, como el badajo de una campana, las piedras cayendo y la puerta gimiendo.
El lector sin duda ha adivinado que el autor de esa resistencia inesperada que había exasperado a los truhanes era Quasimodo.
El azar había ayudado, por desgracia, al valiente sordo.