Nuestra Señora de París

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Cuando había bajado a la plataforma situada entre las torres, sus ideas eran muy confusas. Había corrido durante unos minutos por la galería, yendo y viniendo como loco, viendo desde arriba la masa compacta de los truhanes dispuestos a precipitarse en la iglesia y pidiendo al diablo o a Dios que salvara a la egipcia. Se le había ocurrido subir al campanario meridional y tocar a rebato, pero, antes de que hubiera podido poner la campana en movimiento, antes de que la potente voz de Marie hubiera podido proferir un solo clamor, ¿no habría tenido tiempo la puerta de la iglesia de ser derribada diez veces? Eso era justo en el momento en que los testarrones avanzaban hacia ella con sus herramientas. ¿Qué hacer, entonces?

De pronto se acordó de que unos albañiles habían estado todo el día reparando la pared, la estructura y el tejado de la torre meridional. Aquello fue un rayo de luz. La pared era de piedra, el techado, de plomo, y la estructura, de madera. Esa estructura prodigiosa, tan tupida que la llamaban «el bosque».

Quasimodo corrió hacia esa torre. Los espacios inferiores estaban, efectivamente, llenos de material. Había montones de mampuestos, láminas de plomo enrolladas, haces de listones, sólidas vigas ya serradas y montones de cascotes. Un arsenal completo.


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