Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El tiempo apremiaba. Las tenazas y los martillos trabajaban abajo. Con una fuerza redoblada por la sensación de peligro, levantó una de las vigas, la más pesada, la más larga, la sacó por una lucera y, cogiéndola por el exterior de la torre, la empujó por la esquina de la balaustrada que rodea la plataforma y la arrojó al abismo. La enorme viga, en aquella caída de ciento sesenta pies arañando las paredes y arrancando esculturas, dio varias vueltas sobre sí misma como un aspa de molino que fuera volando sola por los aires. Finalmente llegó al suelo y aquel horrible grito se alzó. La negra viga, rebotando en el suelo, parecía una serpiente dando saltos.
Quasimodo vio que los truhanes se dispersaban al caer el madero, como se esparce la ceniza cuando un niño sopla encima de ella. Aprovechó su espanto y, mientras clavaban una mirada supersticiosa en la maza caída del cielo y dejaban tuertos a los santos de piedra del pórtico con una descarga de saetas y de postas, Quasimodo amontonaba en silencio cascotes, piedras y mampuestos, y hasta sacos de herramientas de los albañiles, en el borde de la balaustrada por donde había lanzado la viga.
Así pues, en cuanto se pusieron a golpear la gran puerta, la lluvia de piedras comenzó a caer, y les pareció que la iglesia se demolía por sí sola sobre sus cabezas.