Nuestra Señora de París

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Quien hubiera podido ver a Quasimodo en ese momento se habría asustado. Independientemente de la cantidad de proyectiles que había apilado sobre la balaustrada, también había amontonado piedras en la plataforma misma. Cuando los mampuestos acumulados en el reborde exterior se hubieron agotado, empezó a coger piedras del otro montón. Se agachaba, se levantaba, se agachaba y se levantaba otra vez, desarrollando una actividad increíble. Su enorme cabeza de gnomo se asomaba por encima de la balaustrada, a continuación una enorme piedra caía, y luego otra, y otra más. De vez en cuando, seguía una buena piedra con la mirada y, cuando mataba a alguien, lo celebraba con una exclamación.

Los pordioseros, sin embargo, no se desanimaban. La gruesa puerta contra la que se ensañaban ya había temblado veinte veces bajo el peso de su ariete de roble multiplicado por la fuerza de cien hombres. Los paneles se cuarteaban, los cincelados saltaban en añicos, los goznes se levantaban sobre sus machos con cada embestida, los tablones se desencajaban, la madera se deshacía, machacada entre las nervaduras de hierro. Por suerte para Quasimodo, había más hierro que madera.




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