Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Aun así, él presentía que la gran puerta se tambaleaba. Aunque no oía, cada golpe de ariete retumbaba a la vez en las cavernas de la iglesia y en sus entrañas. Veía desde arriba a los truhanes, rebosantes de triunfo y de rabia, mostrar el puño a la tenebrosa fachada y envidiaba, para la egipcia y para él, las alas de los búhos que huían en bandadas por encima de su cabeza.
Su lluvia de pedruscos no bastaba para rechazar a los asaltantes.
En aquel momento de angustia, se fijó, un poco más abajo de la balaustrada desde la que aplastaba a los argoteros, en dos largos canalones de piedra que desaguaban justo encima de la puerta. El orificio interno de estos canalones desembocaba en el suelo de la plataforma. Entonces se le ocurrió una idea. Corrió a buscar un haz de leña a su cuartucho de campanero, colocó sobre el haz unos buenos puñados de listones y una cantidad no menor de rollos de plomo, municiones que aún no había utilizado, y, una vez preparada esta hoguera delante del agujero de los dos canalones, le prendió fuego con su linterna.