Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Mientras tanto, dado que ya no caían piedras, los truhanes habían dejado de mirar hacia arriba. Los bandidos, jadeando como una jauría que acosa al jabalí en su revolcadero, se agolpaban ante la gran puerta, completamente deformada por el ariete pero todavía en pie. Esperaban con impaciencia el golpe definitivo que la descerrajara. Todos querían estar lo más cerca posible para precipitarse los primeros, cuando se abriera, en aquella opulenta catedral, vasto receptáculo donde se habían acumulado las riquezas de tres siglos. Se recordaban unos a otros, con rugidos de alegría y de gula, las hermosas cruces de plata, las hermosas capas de brocado, las hermosas tumbas de esmalte, las grandes magnificencias del coro, las fiestas deslumbrantes, las Navidades fulgurantes de antorchas, las Pascuas resplandecientes de sol, todas esas solemnidades espléndidas en las que relicarios, candelabros, copones, tabernáculos y custodias realzaban los altares con una costra de oro y de diamantes. Con toda seguridad, en aquel hermoso momento mangantes y alfeñiques, archisecuaces y achicharrados pensaban mucho menos en la liberación de la egipcia que en el saqueo de Notre-Dame. Incluso nos sentiríamos tentados de pensar que para buen número de ellos Esmeralda no era más que un pretexto, suponiendo que unos ladrones tuvieran necesidad de pretextos.