Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París De pronto, en el momento en que se agrupaban alrededor del ariete para hacer un último esfuerzo, conteniendo todos la respiración y tensando los músculos a fin de asestar con toda su fuerza el golpe decisivo, un alarido, más espantoso aún que el que había estallado y expirado bajo el madero, se elevó entre ellos. Los que no gritaban, los que aún vivían, miraron. Dos chorros de plomo fundido caían desde lo alto del edificio sobre lo más nutrido de la multitud. Aquel mar de hombres acababa de desplomarse bajo el metal hirviente, que había hecho, en los dos puntos en los que caía, dos agujeros negros y humeantes en la multitud como lo haría el agua caliente cayendo sobre la nieve. Moribundos medio calcinados se revolcaban y aullaban de dolor. Alrededor de estos dos chorros principales, gotas de esa lluvia horrible se esparcían sobre los asaltantes y penetraban en los cráneos como barrenas de fuego. Era una granizada de fuego que acribillaba a aquellos miserables.
El clamor fue desgarrador. Huyeron sin orden ni concierto dejando caer el madero sobre los cadáveres, desde los más audaces hasta los más apocados, y el Atrio quedó vacío por segunda vez.