Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Todos los ojos se habían levantado hacia lo alto de la iglesia. Lo que veían era extraordinario: en la cima de la galería más elevada, más arriba del rosetón central, había una gran llama que subía entre los dos campanarios con remolinos de chispas, una gran llama desordenada y furiosa a la que el viento arrancaba en algunos momentos una lengua en medio del humo. Debajo de esa llama, debajo de la oscura balaustrada de tréboles al rojo, dos gárgolas vomitaban sin cesar aquella lluvia ardiente cuyo f lujo plateado se recortaba sobre las tinieblas de la fachada inferior. A medida que se acercaban al suelo, los dos chorros de plomo líquido se abrían en haces, como el agua que brota de los numerosos agujeros de una regadera. Por encima de la llama, las enormes torres, de cada una de las cuales se veían dos caras crudas y cortantes, una totalmente negra y la otra totalmente roja, parecían más grandes todavía debido a la inmensidad de la sombra que proyectaban hasta el cielo. Sus innumerables esculturas de diablos y dragones adquirían un aspecto lúgubre. La claridad inquieta de la llama producía la sensación de que se movían. Había sierpes que parecían reír, gárgolas a las que uno creía oír aullar, salamandras que soplaban hacia el fuego, tarascas que estornudaban en medio del humo. Y entre aquellos monstruos despertados de su sueño de piedra por esa llama, por ese ruido, había uno que andaba y al que de vez en cuando se le veía pasar por delante de la hoguera como un murciélago ante una candela.