Nuestra Señora de París

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Seguramente ese faro extraño despertaría a lo lejos al leñador de las colinas de Bicêtre, asustado al ver oscilar sobre sus brezos la sombra gigantesca de las torres de Notre-Dame.

Se hizo entre los truhanes un silencio de terror, durante el cual solo se oyeron los gritos de alarma de los canónigos encerrados en su claustro y más inquietos que caballos en una cuadra en llamas, el ruido furtivo de las ventanas precipitadamente abiertas y aún más precipitadamente cerradas, el barullo interior de las casas y del Hôtel-Dieu, el viento en las llamas, los últimos estertores de los moribundos y el chisporroteo continuo de la lluvia de plomo en el suelo.

Los principales truhanes se habían retirado bajo el porche de la mansión Gondelaurier para deliberar. El duque de Egipto, sentado sobre un guardacantón, contemplaba con un temor religioso la hoguera fantasmagórica que resplandecía a doscientos pies de altura. Clopin Trouillefou se mordía sus grandes puños con rabia.

—¡Imposible entrar! —murmuraba entre dientes.

—¡Una vieja iglesia encantada! —mascullaba el viejo gitano Mathias Hungadi Spicali.

—¡Por los bigotes del papa! —añadía un truchimán canoso que había servido en el ejército—. Estas gárgolas de iglesia escupen plomo fundido mejor que los matacanes de Lectoure.


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