Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—¿Veis ese demonio que pasa una y otra vez por delante del fuego? —decía el duque de Egipto.

—¡Pardiós! —dijo Clopin—. Es el maldito campanero, es Quasimodo.

El gitano meneaba la cabeza.

—Os digo que es el espíritu Sabnac, el gran marqués, el demonio de las fortificaciones. Toma la forma de un soldado armado con cabeza de león. A veces monta un horrible caballo. Convierte a los hombres en piedras con las que construye torres. Está al mando de cincuenta legiones. Es él, lo reconozco. Algunas veces viste una bonita túnica dorada con figuras a la manera de los turcos.

—¿Dónde está Bellevigne de l’Étoile? —preguntó Clopin.

—Ha muerto —respondió una truhana.

Andry el Rojo reía con una risa idiota.

—Nuestra Señora está dando trabajo al Hôtel-Dieu —decía.

—Pero ¿es que no va a haber manera de forzar esa puerta? —exclamó el rey de Thunes golpeando el suelo con el pie.

El duque de Egipto le señaló tristemente los dos riachuelos de plomo hirviendo que no cesaban de rayar la negra fachada como dos largos husos de fósforo.


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