Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Se han visto iglesias que se defendÃan asà ellas mismas —observó, suspirando—. Santa SofÃa de Constantinopla, hace de esto cuarenta años, tiró al suelo tres veces seguidas la media luna de Mahoma sacudiendo sus cúpulas, que son sus cabezas. Guillermo de ParÃs, que construyó esta, era un mago.
—¿Tenemos que irnos entonces vergonzosamente, como viles lacayos? —dijo Clopin—. ¿Dejar aquà a nuestra hermana y que esos lobos encapuchados la cuelguen mañana?
—¡Y la sacristÃa, donde hay carretadas de oro! —añadió un truhán cuyo nombre lamentamos no saber.
—¡Por las barbas de Mahoma! —gritó Trouillefou.
—¡Intentémoslo una vez más! —insistió el truhán.
Mathias Hungadi meneó la cabeza.
—No entraremos por la puerta. Hay que encontrar el defecto de la armadura de la vieja bruja: un agujero, una puerta falsa, una juntura cualquiera.
—¿Quién viene? —dijo Clopin—. ¡Yo vuelvo! Por cierto, ¿dónde está el joven estudiante Jehan, que llevaba tanta chatarra encima?
—Debe de haber muerto —respondió alguien—, porque ya no se le oye reÃr.
El rey de Thunes frunció el entrecejo.