Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Es una pena! HabÃa un corazón valeroso bajo aquella chatarra. ¿Y maese Pierre Gringoire?
—Capitán Clopin —dijo Andry el Rojo—, se escabulló cuando todavÃa estábamos en el Pont-aux-Changeurs.
Clopin golpeó el suelo con el pie.
—¡Vive Dios! ¡Es él quien nos mete en este lÃo, y luego nos deja plantados en plena faena! ¡Cobarde charlatán, se va a enterar cuando lo pille!
—¡Capitán Clopin! —gritó Andry el Rojo, que miraba hacia la calle del Atrio—. Ahà viene el estudiante.
—¡Alabado sea Plutón! —dijo Clopin—. Pero ¿qué diablos arrastra?
Era Jehan, en efecto, que corrÃa todo lo deprisa que se lo permitÃan sus pesados ropajes de paladÃn y una larga escalera que arrastraba decididamente por el suelo, más jadeante que una hormiga tirando de una brizna de hierba veinte veces más larga que ella.
—¡Victoria! Te Deum! —gritaba el estudiante—. Esta es la escalera de los descargadores del puerto Saint-Landry.
Clopin se acercó a él.
—¡Muchacho!, ¿qué cuernos quieres hacer con esa escalera?