Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —La tengo —respondió Jehan, sin aliento—. SabÃa dónde estaba. En el cobertizo de la casa del teniente… Allà hay una muchacha a la que conozco y que me encuentra apuesto como un Cupido… La he utilizado para conseguir la escalera, y tengo la escalera, ¡por Mahoma…! La pobre muchacha ha venido a abrirme en camisa.
—Sà —dijo Clopin—, tienes la escalera, pero ¿qué quieres hacer con ella?
Jehan lo miró con aire malicioso y experto e hizo chascar los dedos como castañuelas. Estaba sublime en aquel momento. Llevaba en la cabeza uno de esos cascos recargados del siglo XV que asustaban al enemigo con sus cimeras quiméricas. La suya estaba provista de diez picos de hierro, de manera que Jehan habrÃa podido disputar el temible epÃteto de δεκεµβολος a la nave homérica de Néstor.
—¿Que qué quiero hacer con ella, augusto rey de Thunes? ¿Veis esa hilera de estatuas con cara de imbéciles, allá, encima de los tres pórticos?
—SÃ. ¿Y qué?
—¡Es la galerÃa de los reyes de Francia!
—¿Y a mà qué más me da? —repuso Clopin.
—¡Esperad un poco! Hay al final de esa galerÃa una puerta que nunca se cierra más que con el pestillo. Con esta escalera, subo y estoy en la iglesia.
—Muchacho, déjame subir a mà primero.