Nuestra Señora de París

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—No, camarada, la escalera es mía. Venid, vos seréis el segundo.

—¡Que Belcebú acabe contigo! —dijo el enfurruñado Clopin—. Yo no quiero ir detrás de nadie.

—En tal caso, Clopin, búscate una escalera.

Jehan echó a correr por la plaza, tirando de su escalera y gritando:

—¡A mí, muchachos!

En un momento levantaron y apoyaron la escalera en la balaustrada de la galería inferior, por encima de uno de los pórticos laterales. La masa de truhanes, profiriendo grandes aclamaciones, se agolpó abajo para subir, pero Jehan mantuvo su derecho y fue el primero en poner el pie en los escalones. El trayecto era bastante largo. La galería de los reyes de Francia se encuentra hoy a unos sesenta pies del suelo. Los once peldaños de la escalinata la elevaban todavía más. Jehan subía lentamente, dificultado en su ascenso por la pesada armadura, agarrándose con una mano a los escalones y sosteniendo con la otra la ballesta. Cuando estuvo en mitad de la escalera, echó una mirada melancólica a los pobres argoteros muertos que alfombraban la escalinata.

—¡Ay! —exclamó—. ¡Hete aquí un montón de cadáveres digno del quinto canto de laIlíada!


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