Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Dicho esto, continuó subiendo. Los truhanes lo seguían. Había uno en cada escalón. Viendo elevarse aquella línea de espaldas acorazadas ondeando en la sombra, habríase dicho que una serpiente con escamas de acero se alzaba contra la iglesia. Jehan, que era la cabeza, al ir silbando completaba la ilusión.
El estudiante llegó por fin al balcón de la galería y saltó por encima con bastante agilidad, entre los aplausos de toda la truhanería. Convertido en dueño y señor de la ciudadela, profirió un grito de alegría. Pero de pronto se detuvo, petrificado. Acababa de ver, detrás de la estatua de un rey, a Quasimodo oculto en las tinieblas con su ojo centelleante.