Nuestra Señora de París

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Antes de que un segundo asaltante hubiera podido poner el pie en la galería, el formidable jorobado saltó hasta la escalera y, sin decir palabra, cogió con sus poderosas manos el extremo de los dos largueros, los levantó, los alejó de la pared, hizo balancear un momento, en medio de los clamores de angustia, la larga y flexible escalera atestada de truhanes de arriba abajo y, súbitamente, con una fuerza sobrehumana, arrojó aquel racimo de hombres a la plaza. La escalera, lanzada hacia atrás, permaneció un momento recta y de pie, después osciló hasta que, de repente, describiendo un espantoso círculo de ochenta pies de radio, cayó al suelo, con su carga de bandidos, más deprisa que un puente levadizo cuyas cadenas se rompen. Se oyó una inmensa imprecación, después toda voz se extinguió y algunos desgraciados mutilados salieron arrastrándose de debajo del montón de muertos.

Un rumor de dolor y cólera sucedió entre los asaltantes a los primeros gritos de triunfo. Quasimodo, impasible, con los codos apoyados en la balaustrada, miraba. Parecía un viejo rey peludo asomado a su ventana.





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