Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En cuanto a Jehan Frollo, se encontraba en una situación crítica. Estaba en la galería con el temible campanero, solo, separado de sus compañeros por un muro vertical de ochenta pies. Mientras Quasimodo jugaba con la escalera, el estudiante se había precipitado hacia la puerta que creía abierta. Pero no lo estaba. Al entrar en la galería, el sordo la había cerrado tras de sí, en vista de lo cual, Jehan se había escondido detrás de un rey de piedra, sin atreverse a respirar y mirando al monstruoso jorobado con cara de terror, como aquel hombre que hacía la corte a la mujer del guardián de una casa de fieras y una noche, al acudir a su cita amorosa, escaló la pared equivocada y se encontró de pronto frente a frente con un oso blanco.
En los primeros momentos el sordo no se fijó en él; pero finalmente volvió la cabeza y se irguió de golpe. Acababa de ver al estudiante.
Jehan se preparó para un rudo enfrentamiento, pero el sordo permaneció inmóvil; simplemente se había vuelto hacia el estudiante y lo miraba.
—¡Ho, ho! —dijo Jehan—. ¿Por qué me miras con ese ojo tuerto y melancólico?
Y mientras decía esto, el joven bribón preparaba astutamente su ballesta.
—¡Quasimodo! —gritó—. Voy a cambiarte el apodo. Te llamarán el ciego.