Nuestra Señora de París

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El virote empenachado partió de la ballesta silbando y fue a clavarse en el brazo izquierdo del jorobado. Quasimodo no se alteró más de lo que un rasguño habría alterado al rey Faramundo. Acercó una mano a la saeta, se la arrancó del brazo y la partió tranquilamente contra su voluminosa rodilla. Después, más que tirar, dejó caer al suelo los dos trozos. Pero Jehan no tuvo tiempo de disparar de nuevo. Una vez rota la flecha, Quasimodo resopló ruidosamente, saltó como un saltamontes y cayó sobre el estudiante, cuya armadura se aplastó contra la pared.

Entonces, en aquella penumbra en la que flotaba la luz de las antorchas, se vio algo terrible.

Quasimodo, con la mano izquierda, había cogido por los brazos a Jehan, que no se debatía porque se sentía perdido. Con la derecha, el sordo le quitaba una tras otra, en silencio, con una lentitud siniestra, todas las piezas de la armadura: la espada, los puñales, el casco, la coraza, los brazales. Parecía un mono descortezando una nuez. Quasimodo echaba a sus pies, trozo a trozo, la cáscara de hierro del estudiante.

Cuando el estudiante se vio desarmado, desnudado, débil y desnudo entre aquellas temibles manos, no intentó hablarle al sordo, sino que se echó a reír descaradamente en su cara y a cantar, con su intrépida despreocupación de joven de dieciséis años, la entonces popular canción:


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