Nuestra Señora de París

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—Señor baile del palacio —le dijo a un hombre alto, vestido de negro, situado a unos pasos de él—, ¿acaso esos bellacos están metidos en una pila de agua bendita, que arman ese estruendo infernal?

El baile del palacio era algo así como un magistrado ambiguo, una especie de murciélago del orden judicial que tenía a la vez algo de rata y de pájaro, de juez y de soldado.

El individuo se acercó a su eminencia y, no sin temer su enojo, le explicó balbuciendo el motivo de la falta de compostura popular: que las doce habían llegado antes que su eminencia y que los comediantes se habían visto obligados a comenzar sin esperar a su eminencia.

El cardenal rompió a reír.

—¡A fe mía que el señor rector de la Universidad debería haber hecho otro tanto! ¿Qué opináis vos, maese Guillaume Rym?

—Monseñor —respondió Guillaume Rym—, démonos por satisfechos con habernos ahorrado la mitad de la comedia. ¡Eso que nos hemos encontrado!

—¿Pueden entonces continuar su farsa esos tunantes? —preguntó el baile.

—Continuad, continuad —dijo el cardenal—. A mí me da lo mismo. Mientras tanto, voy a leer mi breviario.

El baile se acercó al borde del estrado y, tras imponer silencio haciendo un gesto con las manos, anunció:


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