Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —Burgueses, villanos, habitantes todos, para satisfacer a los que quieren que la representación vuelva a empezar y a los que quieren que termine, su eminencia ordena que continúe.
Ambas partes tuvieron que resignarse. Sin embargo, tanto el autor como el público guardaron por ello rencor al cardenal durante bastante tiempo.
Los personajes que habían entrado en escena reanudaron, pues, su glosa, y Gringoire esperó que al menos el resto de su obra fuera escuchado, esperanza que no tardó en verse frustrada, al igual que sus otras ilusiones. El silencio, en efecto, se había restablecido más o menos entre el público, pero Gringoire no había advertido que, en el momento en que el cardenal había dado la orden de continuar, el estrado se hallaba lejos de estar lleno y que, después de los enviados flamencos, habían aparecido nuevos personajes que formaban parte del cortejo, cuyos nombres y cargos, lanzados a través de su diálogo por los gritos intermitentes del ujier, producían unos estragos considerables. Imaginemos, efectivamente, en plena representación de una obra de teatro, la voz de un ujier berreando entre dos rimas, cuando no entre dos hemistiquios, paréntesis como estos:
«¡Maese Jacques Charmolue, procurador del rey en la jurisdicción eclesiástica!».
«¡Jehan de Harlay, escudero, guarda del cargo de caballero de la guardia de noche de la ciudad de París!»