Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Sin embargo, cuando nuestro poeta vio un poco restablecida la calma, ideó una estratagema que habrÃa podido salvar la situación.
—Señor —dijo, volviéndose hacia una de las personas que lo rodeaban, un hombre orondo de aspecto paciente—, ¿y si empezaran de nuevo?
—¿El qué? —preguntó el hombre.
—¡Pues el misterio! —contestó Gringoire.
—Como os plazca —dijo el hombre.
Esta semiaprobación fue suficiente para Gringoire, el cual, haciendo él mismo el trabajo, empezó a vociferar confundiéndose lo máximo posible con la muchedumbre.
—¡Que vuelva a empezar el misterio! ¡Que vuelva a empezar!
—¡Demonios! —exclamó Joannes de Molendino, pues Gringoire hacÃa ruido por cuatro—, ¿qué dicen por allá abajo, al fondo de todo? ¡Eh, amigos!, ¿es que el misterio no ha terminado? ¡Quieren volver a empezar! ¡No es justo!
—¡No! ¡No! —gritaron todos los estudiantes—. ¡Fuera el misterio! ¡Fuera!
Pero Gringoire se multiplicaba y gritaba más fuerte aún:
—¡Empezad otra vez! ¡Empezad otra vez!
Esas voces atrajeron la atención del cardenal