Nuestra Señora de París

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Desde el momento en que el cardenal había entrado, Gringoire no había parado de afanarse en salvar su prólogo. Primero había exhortado a los actores, que permanecían a la espera, a que continuaran y alzaran la voz; después, viendo que nadie escuchaba, les había hecho callar, y desde que, hacía ya casi un cuarto de hora, se había producido la interrupción, no había parado de golpetear el suelo con el pie, de ir de aquí para allá, de hacer partícipes de sus quejas a Gisquette y a Liénarde, de animar a sus vecinos a prestar de nuevo atención al prólogo, todo ello en vano. Nadie apartaba los ojos del cardenal, de la embajada y del estrado, único centro de aquel vasto círculo de rayos visuales. Es de creer también, y lo decimos con pesar, que el prólogo empezaba a hartar ligeramente al auditorio en el momento en que su eminencia había venido a desviar la atención de él de tan terrible manera. Después de todo, tanto en el estrado como en la mesa de mármol el espectáculo era el mismo: el conflicto entre Trabajo y Clero, entre Nobleza y Mercancía. Y muchas personas preferían verlos lisa y llanamente vivir, respirar, actuar, codearse, en carne y hueso, formando parte de esa embajada flamenca o de esa corte episcopal, bajo las vestiduras del cardenal o la chaqueta de Coppenole, que maquillados, emperifollados, hablando en verso y, por así decirlo, disecados bajo las túnicas amarillas y blancas con que los había disfrazado Gringoire.


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