Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Entonces se produjo un griterío en el que se mezclaban todas las lenguas, todos los dialectos, todos los acentos. La muerte del pobre estudiante infundió un ardor furioso a aquella multitud. La vergüenza la invadió, y la cólera por que un jorobado la hubiera mantenido en jaque tanto tiempo delante de una iglesia. La rabia encontró escaleras, multiplicó las antorchas, y al cabo de unos minutos Quasimodo, desesperado, vio a aquel espantoso hormiguero subir por todas partes al asalto de Notre-Dame. Los que no tenían escaleras tenían cuerdas de nudos, los que no tenían cuerdas trepaban agarrándose a los relieves de las esculturas. Se colgaban unos de los harapos de otros. No había ningún medio de contener aquella marea ascendente de caras horrendas. El furor hacía brillar aquellos semblantes feroces; sus frentes terrosas chorreaban de sudor; sus ojos lanzaban destellos. Todas aquellas muecas, todas aquellas fealdades cercaban a Quasimodo. Habríase dicho que otra iglesia había enviado a sus gorgonas, sus dogos, sus dragones, sus demonios, sus esculturas más fantásticas a atacar a Notre-Dame. Era como una capa de monstruos vivos sobre los monstruos de piedra de la fachada.