Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Mientras tanto, la plaza se había iluminado con mil antorchas. Aquella escena caótica, hasta entonces sumida en la oscuridad, había sido inundada súbitamente de luz. El Atrio resplandecía y proyectaba su resplandor al cielo. La hoguera encendida en la alta plataforma continuaba ardiendo e iluminaba a lo lejos la ciudad. La enorme silueta de las dos torres, que se extendía sobre los tejados de París, abría en aquella claridad un ancho tajo de sombra. La ciudad parecía haberse contagiado. Se oía la queja lejana de campanas tocando a rebato. Los truhanes vociferaban, jadeaban, blasfemaban, subían, y Quasimodo, impotente contra tantos enemigos, temblaba por la egipcia al ver los rostros feroces acercarse cada vez más a su galería, pedía al cielo un milagro y se retorcía los brazos de desesperación.