Nuestra Señora de París

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5 El retiro donde reza sus horas Luis de Francia

Quizá el lector no haya olvidado que, un momento antes de descubrir la presencia de la banda nocturna de truhanes, Quasimodo, inspeccionando París desde lo alto de su campanario, no veía brillar más que una luz, la cual iluminaba una ventana en el piso más elevado de un alto y sombrío edificio, al lado de la puerta de Saint-Antoine. Ese edificio era la Bastilla. Esa luz era la vela de Luis XI.

El rey Luis XI llevaba, efectivamente, dos días en París. Tenía que marcharse dos días más tarde a su ciudadela de Montilz-lès-Tours. Hacía escasas visitas a la ciudad de París y siempre breves, pues allí no sentía a su alrededor suficientes trampas, patíbulos y arqueros escoceses.

Aquel día había ido a dormir a la Bastilla. La gran habitación de cinco toesas cuadradas que tenía en el Louvre, con su gran chimenea decorada con doce grandes fieras y trece grandes profetas y su gran lecho de once pies por doce, le agradaba muy poco. Se perdía entre todas esas grandezas. Aquel rey burgués prefería la Bastilla, con un cuartito y una camita. Además, la Bastilla era más fuerte que el Louvre.


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