Nuestra Señora de París

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Aquel «cuartito» que el rey se había reservado en la famosa prisión de estado era, pese a todo, bastante amplio y ocupaba la última planta de una torrecilla que formaba parte del torreón principal. Era una habitación de forma redonda, tapizada de esteras de paja brillante, con techo de vigas realzadas con flores de lis de estaño dorado y bovedillas de color, y paredes revestidas de ricas maderas sembradas de rosetas de estaño blanco y pintadas de un bello verdegay, elaborado con oropimente y añil.

Solo había una ventana, una gran ojiva con un enrejado de alambre de latón y barrotes de hierro, oscurecida además con bonitos cristales de colores con las armas del rey y de la reina, cada uno de los cuales salía a veintidós sueldos.

Solo había una entrada, una puerta moderna, de arco rebajado, tapizada por dentro y adornada por fuera con uno de esos pórticos de madera de Irlanda, frágiles edificios de ebanistería curiosamente trabajada, que aún se veían en muchas antiguas mansiones hace ciento cincuenta años. «Aunque desfiguran los lugares y estorban allí donde estén —dice Sauval con desesperación—, nuestros viejos no quieren de ninguna manera deshacerse de ellos y los conservan en contra de todos.»


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