Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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No había en aquella habitación nada de lo que amueblaba los aposentos corrientes: ni bancos, ni taburetes, ni banquetas, ni escabeles comunes en forma de caja, ni bellos escabeles sostenidos por pilares y contrapilares de cuatro sueldos la pieza. Solo se veía una silla plegable con brazos, asaz magnífica; la madera estaba pintada con rosas sobre fondo rojo; el asiento era de cordobán bermejo, adornado con largos flecos de seda y punteado con mil clavos de oro. La soledad de aquella silla indicaba que una sola persona tenía derecho a sentarse en la habitación. Al lado de la silla y muy cerca de la ventana, había una mesa cubierta con un tapiz con figuras de pájaros. Encima de la mesa, una escribanía manchada de tinta, unos pergaminos, unas plumas y una copa de plata cincelada. Un poco más lejos, un brasero y un reclinatorio de terciopelo carmesí, ornamentado con clavos de oro. Por último, al fondo, una sencilla cama de damasco amarillo y encarnado, sin oropeles ni pasamanos, con flecos sencillos. Es la misma cama, famosa por haber soportado el sueño o el insomnio de Luis XI, que aún se podía contemplar, hace doscientos años, en casa de un consejero de estado, donde fue vista por la anciana señora Pilou, célebre en el Cyrus con el nombre de Arricidie y de la Moral viva.

Así era la habitación que llamaban «el retiro donde reza sus horas Luis de Francia».


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