Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En el momento en que hemos introducido en ella al lector, ese retiro estaba muy oscuro. El toque de queda había sonado hacía una hora; era de noche y solo había una vacilante candela de cera sobre la mesa para iluminar a cinco personajes diversamente agrupados en la habitación.
El primero sobre el que caía la luz era un señor soberbiamente vestido con unas calzas y un jubón de rayas escarlatas y plateadas, y una casaca con hombreras de paño dorado con dibujos negros. Este espléndido traje, en el que jugaba la luz, parecía salpicado de llamas en todos sus pliegues. El hombre que lo llevaba lucía en el pecho su escudo de armas bordado en vivos colores: un cheurón, acompañado en punta de un gamo pasante. El escudo estaba flanqueado a la derecha por una rama de olivo y a la izquierda por un cuerno de gamo. Este hombre llevaba al cinto una rica daga cuya guarnición de corladura estaba cincelada en forma de cimera y rematada por una corona condal. Causaba mala impresión por su expresión orgullosa y su actitud altiva. Al primer golpe de vista se veía en su rostro la arrogancia; al segundo, la astucia.