Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Se hallaba con la cabeza descubierta y un largo documento en la mano, detrás de la silla con brazos en la que, en una postura carente de toda gracia, con las piernas cruzadas una sobre otra y los codos apoyados en la mesa, estaba sentado un personaje muy mal ataviado. Imaginemos, sobre el opulento cuero de Córdoba, dos rótulas zambas, dos muslos escuchimizados pobremente cubiertos con una malla de lana negra, un torso envuelto en un sobretodo de fustán con un forro de piel en el que se veía menos pelo que cuero; por último, a modo de guinda, un viejo sombrero pringoso, del peor paño negro, bordeado por un cordón circular de figuritas de plomo. Esto, junto con un mugriento casquete que apenas dejaba pasar un cabello, era todo lo que se distinguía del personaje sentado. Tenía la cabeza tan inclinada sobre el pecho que no se veía nada de su cara cubierta de sombra, salvo la punta de la nariz, sobre la que caía un rayo de luz y que debía de ser larga. Por la delgadez de su mano arrugada, se deducía que era un anciano. Era Luis XI.
A cierta distancia detrás de ellos hablaban en voz baja dos hombres vestidos con trajes de corte flamenco, que no estaban lo bastante perdidos en la sombra para que alguno de los que habían asistido a la representación del misterio de Gringoire no hubiera podido reconocer en ellos a dos de los principales enviados flamencos, Guillaume Rym, el sagaz pensionario de Gante, y Jacques Coppenole, el popular calcetero. Se recordará que estos dos hombres participaban en la política secreta de Luis XI.