Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Por último, al fondo de todo, junto a la puerta, permanecÃa de pie en la oscuridad, inmóvil como una estatua, un vigoroso hombre de cuerpo membrudo, con arnés militar y casaca blasonada, cuya cara cuadrada, de ojos saltones, boca inmensa, orejas ocultas bajo dos anchos tejadillos de pelo liso, sin frente, tenÃa a la vez algo de perro y de tigre.
Todos iban descubiertos excepto el rey.
El señor que estaba junto al rey le estaba leyendo una especie de larga memoria que su majestad parecÃa escuchar con atención. Los dos flamencos cuchicheaban.
—¡Voto a Dios! —mascullaba Coppenole—. Estoy cansado de estar de pie. ¿Es que aquà no hay sillas?
Rym respondÃa con un ademán negativo, acompañado de una discreta sonrisa.
—¡Voto a Dios! —insistÃa Coppenole, molesto por verse obligado a bajar la voz—. Me entran ganas de sentarme en el suelo con las piernas cruzadas, como un calcetero, igual que hago en mi establecimiento.
—¡Guardaos mucho de hacer tal cosa, maese Jacques!
—¡Sea, maese Guillaume! ¿AquÃ, entonces, solo se puede estar de pie?
—O de rodillas —dijo Rym.
En ese momento la voz del rey se elevó. Los dos hombres se callaron.