Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Nos estáis arruinando! —gritó, paseando sus ojos hundidos por el cuaderno—. ¿Qué es todo esto? ¿Qué necesidad tenemos de una casa tan prodigiosa? ¡Dos capellanes a razón de diez libras al mes cada uno y un clérigo de capilla a cien sueldos! ¡Un ayuda de cámara a noventa libras al año! ¡Cuatro ayudantes de cocina a ciento veinte libras al año cada uno! ¡Un especialista en asados, uno en verduras, uno en salsas, un cocinero, un oficial de armerÃa y dos ayudantes de sumiller a razón de diez libras al mes cada uno! ¡Dos pinches de cocina a ocho libras! ¡Un palafrenero y sus dos ayudantes a veinticuatro libras mensuales! ¡Un recadero, un pastelero, un panadero y dos carreteros a sesenta libras al año! ¡Y el herrero, ciento veinte libras! ¡Y el jefe de la cámara de nuestros dineros, mil doscientas libras, y el interventor, quinientas! Y yo qué sé qué más… ¡Es un despropósito! ¡Los sueldos de nuestros criados ponen a Francia a merced del pillaje! ¡Todos los tesoros del Louvre se fundirán con semejante ritmo de gastos! ¡Venderemos nuestras vajillas! ¡Y el año que viene, si Dios y Nuestra Señora —aquà se quitó el sombrero— nos dan salud, tendremos que beber las tisanas en un vaso de estaño!
Diciendo esto, dirigÃa una mirada a la copa de plata que brillaba encima de la mesa. Tosió y prosiguió: