Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Maese Olivier: los prÃncipes que reinan en los grandes señorÃos, como reyes y emperadores, no deben dejar que se engendre suntuosidad en sus casas, pues desde ahà ese fuego se extiende por todo el territorio… Asà pues, maese Olivier, date por enterado de esto. Nuestro gasto aumenta todos los años y ello nos desagrada. ¡Pascua de Dios!, ¿cómo es posible? Hasta 1479 no pasó de treinta y seis mil libras. En 1480 ascendió a cuarenta y tres mil seiscientas diecinueve libras… Tengo la cifra en la cabeza… En 1481, a sesenta y seis mil seiscientas ochenta libras, ¡y este año llegará a ochenta mil libras! ¡Se ha duplicado en cuatro años! ¡Monstruoso!
Se detuvo, sin aliento, y volvió a la carga, encolerizado:
—¡Solo veo a mi alrededor gente que engorda de mi flaqueza! ¡Me chupáis escudos por todos los poros!
Todos guardaban silencio. Era uno de esos arrebatos de ira que es mejor no interrumpir. El rey continuó:
—¡Es como esa petición en latÃn del señorÃo de Francia, para que tengamos que restablecer lo que ellos llaman las grandes cargas de la corona! ¡Cargas, en efecto! ¡Cargas que aplastan! ¡Ah, señores!, decÃs que no somos un rey por reinar dapifero nullo, buticulario nullo.[136]¡Pascua de Dios! ¡Os haremos ver si somos o no somos un rey!