Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Llegado a este punto, sonrió, consciente de su poder, su mal humor se aplacó y, volviéndose hacia los flamencos, dijo:
—¿Veis, compadre Guillaume? El panadero mayor, el botellero mayor, el gran chambelán y el gran senescal valen menos que el criado más insignificante. Recordad esto, compadre Coppenole: no sirven para nada. Viéndolos así de inútiles alrededor del rey, me recuerdan a los cuatro evangelistas que rodean la esfera del gran reloj del palacio y que Philippe Brille acaba de restaurar. Son dorados, pero no marcan la hora; y la aguja puede prescindir de ellos.
Se quedó un momento pensativo y añadió, moviendo su vieja cabeza:
—¡Hummm…! Por Nuestra Señora que yo no soy Philippe Brille y no volveré a dorar a los grandes vasallos… Continúa, Olivier.
El personaje al que designaba con este nombre recuperó el cuaderno y se puso a leer de nuevo en voz alta:
—«A Adam Tenon, encargado de la custodia de los sellos del prebostazgo de París, por la plata y la ejecución y grabado de los mencionados sellos, que han sido hechos nuevos porque los anteriores, debido a su antigüedad y caducidad, ya no estaban en buen uso, doce libras parisienses.