Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—«A Henriet Cousin, verdugo de la justicia de París, la suma de sesenta sueldos parisienses, adjudicada a él por el preboste de París, por haber comprado, conforme a la orden del citado señor, una gran espada de hoja apropiada para ejecutar y decapitar a las personas que por justicia son condenadas a causa de sus deméritos, y a esta proveerla de vaina y de todo lo que le corresponda; e igualmente por haber reparado y afilado la vieja espada, que se había roto y mellado ajusticiando a micer Luis de Luxemburgo, como más detalladamente aparece…»

El rey lo interrumpió:

—Basta. Ordeno el pago de esa suma de todo corazón. En estos gastos no escatimo. Nunca me he lamentado por ese dinero. Continuad.

—«Por haber hecho una gran jaula…»

—¡Ah! —dijo el rey, asiendo con las dos manos los brazos de la silla—, ya sabía yo que había venido a la Bastilla para algo… Esperad, maese Olivier. Quiero ver yo mismo la jaula. Me leeréis el coste mientras la examino… Señores flamencos, venid a ver esto. Es curioso.

Entonces se levantó, se apoyó en el brazo de su interlocutor, hizo una seña a la especie de mudo que permanecía de pie ante la puerta indicándole que lo precediera y otra a los flamencos para que lo siguieran, y salió de la habitación.


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