Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París A la real compañía se sumaron, en la puerta del retiro, hombres de armas cargados de hierro y delgados pajes que portaban antorchas. Avanzaron un rato por el interior del oscuro torreón, atravesado por escaleras y corredores incluso en el grosor de los muros. El capitán de la Bastilla encabezaba la comitiva y hacía abrir los portillos ante el viejo rey enfermo y encorvado, que tosía al andar.
Cada vez que cruzaban un portillo, todas las cabezas se veían obligadas a inclinarse excepto la del anciano, encorvado por la edad.
—¡Hum! —decía este entre encías, pues ya no le quedaban dientes—, estamos preparados del todo para la puerta del sepulcro. A puerta baja, pasante encorvado.
Por fin, después de haber cruzado un último portillo tan lleno de cerraduras que tardaron un cuarto de hora en abrirlo, entraron en una alta y vasta sala ojival, en el centro de la cual se distinguía, al resplandor de las antorchas, un gran cubo macizo de mampostería, hierro y madera. El interior estaba hueco. Era una de esas famosas jaulas para prisioneros de estado que llamaban «las niñas del rey». Había en las paredes dos o tres ventanucos con un entramado tan denso de barrotes de hierro que no se veía el cristal. La puerta era una gran losa de piedra lisa, como en los sepulcros, una puerta de esas que únicamente sirven para entrar, con la diferencia de que en este caso el muerto era un vivo.