Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —«… Han entrado en esta jaula —prosiguió el otro— doscientas veinte gruesas barras de hierro, de nueve y ocho pies, el resto de mediana longitud, con las arandelas y los pernos necesarios para dichas barras, pesando todo el mencionado hierro tres mil setecientas treinta y cinco libras; además, ocho grandes escuadras de hierro para sujetar dicha jaula con los crampones y clavos, que pesan en conjunto doscientas dieciocho libras de hierro, sin contar el hierro del enrejado de las ventanas de la habitación donde la jaula ha sido instalada, las barras de hierro de la puerta de la habitación y otras cosas…»
—¡Una buena cantidad de hierro —dijo el rey— para contener la ligereza de un espÃritu!
—«… El total asciende a trescientas diecisiete libras, cinco sueldos y siete dineros.»
—¡Pascua de Dios! —exclamó el rey.
Este reniego, que era el favorito de Luis XI, pareció despertar a alguien en el interior de la jaula. Se oyó un arrastrar de cadenas por el suelo y una voz débil que parecÃa surgir de la tumba: «¡Sire! ¡Sire! ¡Piedad!». No podÃa verse, sin embargo, a quien esto decÃa.
—¡Trescientas diecisiete libras, cinco sueldos y siete dineros! —repitió Luis XI.