Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La voz lastimera surgida de la jaula habÃa dejado helados a todos los presentes, maese Olivier incluido. Tan solo el rey daba la impresión de no haberla oÃdo. Por orden de este, maese Olivier prosiguió la lectura, y su majestad continuó inspeccionando con frialdad la jaula.
—«… Amén de esto, se ha pagado a un albañil que ha hecho los agujeros para colocar las rejas de las ventanas y el suelo de la habitación donde está la jaula, pues el suelo no habrÃa podido sostener dicha jaula a causa de su peso, veintisiete libras y catorce sueldos parisienses…»
La voz comenzó de nuevo a gemir:
—¡Piedad, sire! Os juro que fue el cardenal de Angers el autor de la traición, y no yo.
—¡El albañil es exigente! —dijo el rey—. Continúa, Olivier.
—«… A un ebanista, por ventanas, camas, silla agujereada y otras cosas, veinte libras y dos sueldos parisienses…»
La voz proseguÃa también:
—¡Ay, sire! ¿No me escucharéis? ¡Os aseguro que no fui yo quien escribió aquello a monseñor de Guyenne, sino el cardenal La Balue!
—El ebanista es caro —observó el rey—. ¿Eso es todo?