Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —No, sire… «A un cristalero, por los cristales de la mencionada habitación, cuarenta y seis sueldos y ocho denarios parisienses…»
—¡Tened piedad, sire! ¿No es suficiente acaso que hayan dado todos mis bienes a mis jueces, mi vajilla al señor de Torcy, mi biblioteca a maese Pierre Doriolle y mi tapicerÃa al gobernador del Rosellón? Soy inocente. Hace catorce años que tirito en una jaula de hierro. ¡Tened piedad, sire! El cielo os lo agradecerá.
—Maese Olivier —dijo el rey—, ¿cuánto es el total?
—Trescientas sesenta y siete libras, ocho sueldos y tres dineros parisienses.
—¡Notre-Dame! —gritó el rey—. ¡Es una jaula ofensiva!
Le arrancó el cuaderno de las manos a maese Olivier y se puso a contar él mismo con los dedos, examinando alternativamente el documento y la jaula. Mientras tanto se oÃa sollozar al prisionero. La escena, en la oscuridad, era lúgubre, y los rostros se miraban unos a otros, pálidos.