Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Catorce años, sire! ¡Hace catorce años! Desde el mes de abril de 1469. ¡En nombre de la santa Madre de Dios, sire, escuchadme! ¡Vos habéis disfrutado todo este tiempo del calor del sol! Yo, mÃsero de mÃ, ¿no volveré a ver nunca más la luz? ¡Piedad, sire! Sed misericordioso. La clemencia es una hermosa virtud real que rompe las corrientes de la cólera. ¿Cree vuestra majestad que, a la hora de la muerte, supone una gran satisfacción para un rey no haber dejado ninguna ofensa sin castigo? Además, sire, yo no he traicionado a vuestra majestad; fue el señor de Angers. Y tengo en el pie una pesada cadena con una gran bola de hierro en el extremo, tanto más pesada cuanto que es injusta. ¡Sire, tened piedad de mÃ!
—Olivier —dijo el rey meneando la cabeza—, observo que me cuentan el moyo de yeso a veinte sueldos, cuando solo vale doce. Volved a hacer esta memoria.
Se volvió de espaldas a la jaula y se dispuso a salir de la habitación. El miserable prisionero, al alejarse las antorchas y el ruido, dedujo que el rey se marchaba.
—¡Sire! ¡Sire! —gritó con desesperación.
La puerta se cerró. No vio nada más, y solo siguió oyendo la voz ronca del carcelero que le cantaba la canción:
Maese Jean Balue
ha perdido de vista