Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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sus obispados,

al señor de Verdún

no le queda ni uno,

todos han volado.

El rey regresaba en silencio a su retiro, y su cortejo lo seguía, aterrado por los últimos gemidos del condenado. De repente, su majestad se volvió hacia el gobernador de la Bastilla.

—Por cierto —dijo—, ¿no había alguien en esa jaula?

—¡Pardiós, sire! —respondió el gobernador, estupefacto por la pregunta.

—¿Quién era?

—El obispo de Verdún.

El rey lo sabía mejor que nadie, pero era una de sus manías.

—¡Ah! —dijo con la expresión ingenua de quien piensa en ello por primera vez—, Guillaume de Harancourt, el amigo del cardenal La Balue. ¡Un buen diablo, ese obispo!


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