Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Unos instantes más tarde, la puerta del retiro se había abierto y vuelto a cerrar después de que hubieran entrado los cinco personajes que el lector vio allí al comienzo de este capítulo, y que habían ocupado de nuevo sus sitios, en las mismas posturas, y reanudado sus charlas a media voz.
Durante la ausencia del rey, habían dejado en su mesa algunos despachos, cuyo sello rompió él mismo. Acto seguido se puso a leerlos rápidamente uno tras otro, le indicó a maese Olivier, que parecía desempeñar las funciones de ministro, que cogiese una pluma y, sin hacerlo partícipe del contenido de los despachos, comenzó a dictarle en voz baja las respuestas, que este escribía arrodillado con bastante incomodidad delante de la mesa.
Guillaume Rym observaba.
El rey hablaba tan bajo que los flamencos no oían nada de lo que dictaba, salvo algunos fragmentos aislados y poco inteligibles como:
—… Mantener los lugares fértiles mediante el comercio y los estériles mediante las manufacturas… Mostrar a los señores ingleses nuestras cuatro bombardas, la Londres, la Brabante, la Bourgen-Bresse y la Saint-Omer… A causa de la artillería, la guerra se hace ahora más juiciosamente… Al señor de Bressuire, nuestro amigo… Los ejércitos no se mantienen sin tributos…, etcétera.
En una ocasión elevó la voz: