Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Pascua de Dios! El rey de Sicilia sella sus cartas con lacre amarillo, como un rey de Francia. Quizá cometamos un error permitiéndoselo. Mi apuesto primo de Borgoña no concedÃa escudos de armas con campo de gules. La grandeza de las casas se asegura con la integridad de las prerrogativas. Toma nota de esto, compadre Olivier.
Y en otra:
—¡Largo mensaje! —dijo—. ¿Qué nos reclama nuestro hermano el emperador? —Y recorrió con los ojos la misiva, intercalando interjecciones en la lectura—: ¡Cierto! Las Alemanias son tan grandes y tan poderosas que apenas puede creerse… Pero no olvidamos el viejo proverbio: El más bello condado es Flandes; el más bello ducado, Milán; el más bello reino, Francia… ¿Verdad, señores flamencos?
Esta vez, Coppenole se inclinó junto con Guillaume Rym. El patriotismo del calcetero se veÃa halagado.
Un último despacho hizo fruncir el entrecejo a Luis XI.