Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Qué es esto? —exclamó—. ¡Quejas y reclamaciones contra nuestras guarniciones de PicardÃa! Olivier, escribid inmediatamente al mariscal de Rouault… Que la disciplina se relaja… Que los gendarmes de las ordenanzas, los guerreros de la nobleza, los arqueros francos, los suizos, todos causan males infinitos a los villanos… Que el soldado, no satisfecho con los bienes que encuentra en casa de los labradores, los obliga a bastonazos o a latigazos a ir a buscar vino a la ciudad, pescado, especias y otras cosas abusivas… Que el rey está enterado de ello… Que pensamos proteger a nuestro pueblo de los inconvenientes, robos y pillajes… Que es nuestra voluntad, ¡por Nuestra Señora…! Que, además, no nos agrada que ningún ministril, barbero o escudero vaya vestido como un prÃncipe, con terciopelo, seda y anillos de oro… Que tales vanidades son odiosas a Dios… Que nos, que somos hidalgo, nos contentamos con un jubón de paño de dieciséis sueldos la vara de ParÃs… Que los escuderos pueden muy bien rebajarse hasta ahà ellos también… Mandad y ordenad… Al señor de Rouault, nuestro amigo… Bien.
Dictó esta carta en voz alta, en un tono firme y entrecortadamente. En el momento en que acababa, la puerta se abrió y dio paso a un nuevo personaje, que entró atolondradamente en la habitación, gritando:
—¡Sire! ¡ Sire! ¡Hay una sedición popular en ParÃs!