Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El rostro grave de Luis XI se contrajo, pero lo que resultó visible de su emoción pasó como un relámpago. Se contuvo y dijo con una severidad tranquila:
—¡Compadre Jacques, entráis con mucho Ãmpetu!
—¡Sire! ¡Sire! ¡Hay una revuelta! —insistió el compadre Jacques, sin aliento.
El rey, que se habÃa levantado, lo agarró con rudeza del brazo y le dijo al oÃdo, de forma que solo él pudiera oÃrlo, con una cólera concentrada y mirando de reojo a los flamencos:
—¡Cállate! ¡O por lo menos habla más bajo!
El recién llegado comprendió y empezó a hacerle en voz baja, muy alarmado, una narración que el rey escuchaba con calma, mientras que Guillaume Rym le señalaba a Coppenole el semblante y las ropas del recién llegado, su capucha forrada de piel, caputia fourrata, su epitoga corta, epitogia curta, y su toga de terciopelo negro, que anunciaban a un presidente del Tribunal de Cuentas.
Apenas este personaje hubo dado al rey algunas explicaciones, Luis XI exclamó, riendo a carcajadas:
—¡Pero hablad en voz alta, compadre Coictier! ¿Por qué habláis asà de bajo? Nuestra Señora sabe que no tenemos nada que ocultar a nuestros buenos amigos flamencos.
—Pero, sire…
—¡Hablad en voz alta!