Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Caramba! —exclamó el rey con una sonrisa de satisfacción que se esforzaba en vano en disimular.
—En todas sus demandas al Parlamento —prosiguió el compadre Jacques—, afirman no tener más que dos señores, vuestra majestad y su Dios, que creo que es el diablo.
—¡Diantre! —dijo el rey.
El monarca se frotaba las manos, reÃa con esa risa interior que ilumina el rostro. No podÃa disimular su alegrÃa, aunque intentaba guardar la compostura. Nadie entendÃa nada, ni siquiera maese Olivier. Quedó un instante en silencio, pensativo pero contento.
—¿Son muchos? —preguntó de repente.
—SÃ, lo son, sire —respondió el compadre Jacques.
—¿Cuántos?
—Por lo menos seis mil.
El rey no pudo evitar decir:
—¡Muy bien! —Luego preguntó—: ¿Están armados?
—Con guadañas, picas, arcabuces, picos… Toda clase de armas violentas.
El rey no pareció en absoluto inquieto por esta enumeración.
—Si vuestra majestad no envÃa con presteza ayuda al baile, está perdido —se creyó en la obligación de añadir el compadre Jacques.