Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —He llegado al lÃmite de mis recursos —prosiguió el doctor—, y serÃa una verdadera lástima que la casa se quedara sin tejado. No por la casa, que es sencilla y absolutamente burguesa, sino por las pinturas de Jehan Fourbault que alegran las paredes. Hay una Diana que vuela, pero tan excelente, tan tierna, tan delicada, tan ingenua en su acción, con la cabeza tan bien peinada y coronada con una media luna, y la carne tan blanca que es una tentación para quienes la miran con demasiada curiosidad. Hay también una Ceres, otra bellÃsima divinidad. Está sentada sobre unas gavillas de trigo y tocada con una guirnalda galante de espigas entrelazadas con salsifÃes y otras flores. Es imposible ver nada más enamorado que sus ojos, más torneado que sus piernas, más noble que su porte, con pliegues más elegantes que los de su falda. Es una de las bellezas más inocentes y perfectas que haya producido el pincel.
—¡Verdugo! —masculló Luis XI—. ¿Adónde quieres ir a parar?
—Necesito un tejado sobre esas pinturas, sire, y, aunque sea poca cosa, ya no me queda dinero.
—¿Cuánto vale tu tejado?
—Pues… un tejado de cobre historiado y dorado, dos mil libras como máximo.
—¡Ah, asesino! —gritó el rey—. No me arranca un diente que no sea un diamante.
—¿Tengo mi tejado? —preguntó Coictier.