Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Pues sÃ! El médico tiene más crédito todavÃa que tú —repuso el rey con una bonhomÃa singular—. La explicación es muy sencilla. Él nos tiene agarrados por todo el cuerpo, y tú solo por el mentón. Vamos, mi pobre barbero, otra vez será. ¿Qué dirÃas, y en qué quedarÃa tu puesto, si yo fuera un rey como el rey Chilperico, que tenÃa la costumbre de cogerse la barba con la mano? Vamos, compadre, dedÃcate a tu oficio, aféitame. Ve a buscar lo que necesitas.
Viendo Olivier que el rey habÃa optado por tomárselo a risa y que no habÃa manera de hacerlo enfadar, salió rezongando para ejecutar sus órdenes.
El rey se levantó, se acercó a la ventana y, de pronto, abriéndola con una agitación extraordinaria:
—¡Oh! ¡SÃ! —exclamó, batiendo palmas—. Se ve en el cielo un resplandor rojizo sobre la Cité. Es el baile que está ardiendo. No puede ser más que eso. ¡Ah, mi buen pueblo! ¡Por fin me ayudas a hundir los señorÃos! Señores —añadió, dirigiéndose a los flamencos—, venid a ver esto. ¿No es fuego ese resplandor rojizo?
Los dos ganteses se acercaron.
—Un gran fuego —dijo Guillaume Rym.
—¡Oh! —exclamó Coppenole, cuyos ojos centellearon de pronto—, esto me recuerda el incendio de la casa del señor de Hymbercourt. Debe de haber una gran revuelta ahà abajo.