Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¡Pues sí! El médico tiene más crédito todavía que tú —repuso el rey con una bonhomía singular—. La explicación es muy sencilla. Él nos tiene agarrados por todo el cuerpo, y tú solo por el mentón. Vamos, mi pobre barbero, otra vez será. ¿Qué dirías, y en qué quedaría tu puesto, si yo fuera un rey como el rey Chilperico, que tenía la costumbre de cogerse la barba con la mano? Vamos, compadre, dedícate a tu oficio, aféitame. Ve a buscar lo que necesitas.

Viendo Olivier que el rey había optado por tomárselo a risa y que no había manera de hacerlo enfadar, salió rezongando para ejecutar sus órdenes.

El rey se levantó, se acercó a la ventana y, de pronto, abriéndola con una agitación extraordinaria:

—¡Oh! ¡Sí! —exclamó, batiendo palmas—. Se ve en el cielo un resplandor rojizo sobre la Cité. Es el baile que está ardiendo. No puede ser más que eso. ¡Ah, mi buen pueblo! ¡Por fin me ayudas a hundir los señoríos! Señores —añadió, dirigiéndose a los flamencos—, venid a ver esto. ¿No es fuego ese resplandor rojizo?

Los dos ganteses se acercaron.

—Un gran fuego —dijo Guillaume Rym.

—¡Oh! —exclamó Coppenole, cuyos ojos centellearon de pronto—, esto me recuerda el incendio de la casa del señor de Hymbercourt. Debe de haber una gran revuelta ahí abajo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker