Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Asà lo creéis, maese Coppenole? —La mirada de Luis XI era en ese momento tan alegre como la del calcetero—. ¿Verdad que será difÃcil sofocarla?
—¡Voto a Dios, sire! Vuestra majestad perderá muchas compañÃas de guerreros.
—¡Ah! En mi caso es diferente —repuso el rey—. ¡Si yo quisiera…!
El calcetero contestó con osadÃa:
—¡Si esa revuelta es lo que imagino, de poco os servirá querer, sire!
—Compadre —dijo Luis XI—, con dos compañÃas de mi ordenanza y una descarga de culebrina, se quita de en medio a un montón de plebeyos.
El calcetero, pese a las señas que le hacÃa Guillaume Rym, parecÃa decidido a plantar cara al rey.
—Sire, los suizos también eran plebeyos. El señor duque de Borgoña era un gran hidalgo y despreciaba a aquella canalla. En la batalla de Grandson, gritaba «¡Artilleros! ¡Fuego contra esos villanos!», y juraba por san Jorge. Pero Scharnachtal se precipitó sobre el apuesto duque con su maza y su pueblo, y en el enfrentamiento con los campesinos con pieles de búfalo el reluciente ejército borgoñón se rompió como un cristal que recibe una pedrada. Los bribones mataron a muchos caballeros, y encontraron al señor de Château-Guyon, el más grande señor de Borgoña, muerto con su gran caballo gris en una pequeña marisma.